El arte “Kintsugi” y la Resiliencia
Levante la mano quien nunca tuvo una situación de dolor; aquel que hace sentir que algo se rompe dentro de nosotros y que, a partir de ese momento, ya no somos los mismos. De este tipo de golpes la vida está llena. Algunos son más leves; otros, singularmente tan fuertes que sentimos que todo nuestro ser se desintegra. Ante el impacto, siempre queda la misma pregunta: ¿Podré alguna vez salir de este estado?
En la psicología moderna, a la capacidad de adaptarnos y superar estas situaciones difíciles —traumas, dolores emocionales, tragedias o fuentes de estrés significativas— la llamamos resiliencia. La palabra viene del latín resilio, que significa "volver de un salto" o "rebotar". Es como un resorte: cuando algo nos golpea, tenemos la capacidad de recuperar nuestra forma e incluso salir fortalecidos.
Pero, ¿qué sucede cuando sentimos que no nos quedan fuerzas para recomenzar? ¿Qué pasa cuando el horizonte se tiñe de oscuro y perdemos el rumbo?
Para responder a esto, a menudo se compara nuestro ser interior con una vasija de fina porcelana, decorada con majestuosos paisajes de colores y cuyo precio es inestimable. En algún momento de la vida, esa vasija inevitablemente se cae y se rompe en centenares de pedazos. Allí surge el gran dilema: ¿cómo continuar el sendero destruidos por el dolor de la vasija rota?
Kintsugi: La belleza de las cicatrices
En el Japón del siglo XV nació el Kintsugi (金継ぎ), que literalmente significa "carpintería de oro", o Kintsukuroi ("reparación de oro"). Es una técnica delicada para arreglar las fracturas de la cerámica utilizando un barniz de resina espolvoreado o mezclado con polvo de oro, plata o platino. El resultado es extraordinario: tras el proceso de reparación, la pieza adquiere un valor y una belleza muy superiores a los de la pieza intacta.
Cuenta la historia que este arte surgió cuando unos artesanos tuvieron que reparar un tazón de té dañado. Fue tal el éxito y la belleza del resultado que, con el tiempo, algunos rompían sus vasijas a propósito para que fueran reconstruidas con este método. Más tarde, la filosofía zen y el sintoísmo adoptaron esta técnica como una profunda metáfora espiritual.
Para estas culturas milenarias, nuestro ser más íntimo está representado por esa vasija preciosa. A lo largo de los años, la vida nos golpea. Nuestra porcelana se triza, se agrieta y, a veces, se rompe por completo.
Cada uno de nosotros, al cerrar los ojos, puede hacer su propia lista de grietas: la pérdida de un padre, de una madre, de un hermano... O la de un hijo, que sin duda es una de las fracturas más profundas y dolorosas que puede sufrir el alma, como si se llevara consigo un pedazo de nuestro propio ser. También están las fisuras causadas por pérdidas materiales, de trabajo, de salud, de reputación o de seguridad. La lista es larga y estrictamente personal.
El hecho es que, tarde o temprano —y aquí no importan los años—, nos encontramos sosteniendo los pedazos rotos de nuestra alma.
El oro que nos une
Aquí es donde aparece nuestro propio Kintsugi: esa fuerza interior capaz de soldar los pedacitos de nuestra alma con filamentos de oro, otorgándonos no solo una belleza nunca antes vista, sino una resistencia desconocida.
Quienes son más jóvenes pueden buscar la confirmación de esto en sus padres o abuelos. En ellos se ve el Kintsugi hecho realidad a través de los años. Es común ver cómo, ante una dificultad, los más jóvenes caen a veces en la desesperación, mientras que los mayores miran el mundo con una serenidad templada por el fuego, diciendo con calma: "No te aflijas, esto también pasará".
Para lograr este arte de la reconstrucción, la psicología y autores como Tomás Navarro nos recuerdan la importancia de cultivar activamente nuestra resiliencia. Aunque el entorno ayuda, el trabajo principal es interno: cuidar nuestra salud, rodearnos de personas que nos sostengan, practicar la gratitud y, sobre todo, cultivar el "Ser interior". Nuestra alma es una compañera de viaje indestructible; puede agrietarse y despedazarse, pero siempre puede volver a unirse.
Hace un tiempo, conversando sobre esto con un amigo más joven, me hizo una pregunta que me tomó desprevenido:
—"Todo esto es muy lindo, pero ¿de qué sirve, en definitiva, una vasija de porcelana remendada con oro?"
Me quedé pensando. Al final, creo que el propósito de toda vasija es su fin práctico:
servir para dar de beber a los demás. La vasija no se repara para guardarse en una vitrina; se repara para seguir siendo útil. Y ahí reside el gran misterio de la vida: nosotros somos en la medida en que somos para los demás. Seremos más resilientes —y nuestras cicatrices de oro brillarán más— cuando usemos nuestra propia reconstrucción para aliviar la sed de quienes nos rodean.
Tomás Navarro es un psicólogo y escritor español especializado en temas de resiliencia, gestión emocional y desarrollo personal. A lo largo de su carrera, ha trabajado con adultos en procesos de coaching y desarrollo emocional, buscando ayudar a las personas a enfrentar los desafíos de la vida diaria.
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© 2024 Marcelo Leppez Sánchez
Mindfulness Coach.
Advanced Mindfulness Professional Teacher Training ®
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