Seis lecciones de supervivencia.
Aquella mañana me había levantado muy temprano, antes de la salida del sol. Junte en la cocina el contenedor de comida para el resto del día, para mi Padre, él se llamaba Félix Domingo. Luego ordenamos las herramientas necesarias del galpón del campo y salimos de mi casa de Junín, rumbo a una localidad que se llama “El Espino”, San Martín, Mendoza.
Mi misión era la de ayudar a mi Padre a la construcción de un gran alambrado en una finca de un amigo de la familia. Yo en ese momento estaba de vacaciones y con mis 17 años necesitaba un lugar útil en donde descargar mi potencial físico que en ese momento estaba en explosión. También me había llevado algunos libros para los momentos libres, y también pensaba escribir.
La semana anterior había seguido el consejo de mi Padre de ir al hospital para colocarme la vacuna anti tetánica, cosa que no me gustó mucho y tampoco veía la necesidad. Pero por las dudas.
Llegamos a la finca en donde debíamos de realizar el trabajo. Mi Padre me mostró con su mano apuntando hacia el horizonte el lugar en donde estaría el alambrado que teníamos que construir. Las dimensiones eran gigantescas, más de 1600 metros, los cuales estaban llenos de malezas y árboles de arbustos espinosos. Luego me mostró la gran montaña de madera que recientemente habían traído en un gran camión. Era palos de madera de quebracho colorado, una de las maderas más duras que existen.
Luego nos sentamos bajo un gran árbol. Luego inicio un procedimiento, casi ritual, abrió una bolsita de cuero que tenía en su bolsillo y extrajo papel para armar y lo lleno con su tabaco de marca Richmond, que infundía una fragancia exquisita, sello con la legua el dorso del papel y luego lo encendió. Todo aquel preparativo, vaticinaba que algo importante me estaba por decir. Sabes que la vida en el campo es dura. Si, si lo sé. Yo había vivido en el campo desde que nací y a los 14 años había ido a vivir a una ciudad más grande. Aquí en el campo se trabaja muy duro, los días son largos. Se está muy bien aquí con el fresco a la mañana y con el calor a la tarde; y por la noche se ven todas las estrellas. Pero a veces en campo puede ser muy peligroso; y por eso es importante saber qué hacer. Sin darme cuenta, estaba recibiendo mi primera lección magistral de supervivencia.
Lección número uno: Saber qué hacer.
Es por eso que vamos a iniciar a trabajar pero tienes que tener mucho cuidado con las herramientas que hemos traído. Ellas nos servirán para trabajar pero si no las usamos bien, nos pueden dañar. El hacha nunca la tengas mirando hacia ti, siempre hacia abajo y cuando no la uses, debes clavarla en un tronco de un árbol. El cuchillo, es muy filoso, nunca lo saques de la vaina sin motivo, y luego de usar lo colocas dentro de la vaina de nuevo. Y luego me dio indicaciones de todas las herramientas que habíamos traídos. Concluyo con otra indicación tal vez la más importante. Si alguno se hiere gravemente, toma el auto y lleva al herido al hospital, saca un trapo por la ventanilla y anda a toda velocidad. Entonces pregunte: ¿pero no es mejor pedir ayuda? No, absolutamente, no. Si pides ayuda en el campo, va a pasar mucho tiempo hasta que encuentres a alguien, y si este viene y encuentra al herido que se a clavado una estaca de madera en el abdomen, lo más probable es que se desmaye y entonces vas a tener dos problemas para resolver.
Luego de la primera lección de supervivencia había quedado un poco impresionado, y mí por mi mente iniciaron a pasar imágenes de todas las posibilidades de poder perder una mano, un dedo o una oreja y esto me aterraba. Tanto fue el impacto que cuando veía una herramienta, caía ante mí un sentido de respeto ante el daño que esta podía causar.
Ya por la tarde iniciamos con la primera etapa del proyecto, la limpieza total del terreno que era una línea recta de 1600 metros, por 5 metros de ancho. Las únicas herramientas con las que contábamos, eran hachas, palas y azadones; el tiempo estimado, para concluir las labores eran de unos 2 meses. Aquel primer día no finalizaba nunca, las horas eran interminables, no tenía reloj, así es que trataba de calcular la hora con el sol, sin que mi Padre se diera cuenta. Lo que si sabía era que terminaríamos el trabajo antes de que se ocultara el sol.
Los días pasaron muy lentos lo suficiente como para lograr una metamorfosis en mi cuerpo. Ya no me sangraban las manos, las palmas se habían cubierto con una gruesa capa de piel, que me protegía tanto de las espinas como de los golpes. Ya soportaba más el frio y también el calor. Ya estaba acostumbrado a manejar con respeto las herramientas, me había convertido en un Rambo mendocino y estaba orgulloso de mi mismo.
Mi Padre hablaba muy poco, como casi todas las personas acostumbradas al trabajo duro en el campo, en donde lo importante es hacer, más que hablar. En algunos momentos el me llamaba, para que le ayudara o para que observara algunas tareas, con el fin de que pudiese aprender. Él no había ido a la escuela, pero sabía escribir y leer, pero lo que más me llamaba la atención era la exactitud en sus cálculos. Algunos de ellos, tarde años en comprenderlos. Uno de ellos era como calcular después de una granizada en la viña, cuál era el porcentaje de perdida en la próxima cosecha. Lo hacía después de pasada la tormenta, tomando de la viña, algunos campeones de racimos de distintas plantas, unos 10 racimos, luego los colocaba sobre una mesa y los ordenaba de acuerdo al mapa de la viña. Después con papel y lápiz designaba a cada racimo una letra. Luego contaba de cada racimo la cantidad total de granos, tanto los buenos como los estropeados por la granizada y también los faltantes y escribía los datos. Al final hacia un cálculo de regla de 3 y decía a toda la familia el dramático resultado: esta tormenta nos llevó el 45% de la cosecha.
Luego de leer algunas hojas, regrese a mis labores, recuerdo que había un poste y tenía que fijar un sostén de madera para reforzar un tramo de alambrado. Estaba utilizando una pinza para retorcer el alambre acerado, ya estaba casi concluido había quedado solo un pequeño arco de alambre sobre la madera que sobresalía del alambrado en tensión, lo tome con mi mano para doblarlo y fue este mi gran error. El alambre en arco estaba en tensión y al tocarlo descargo toda su fuerza comprimida. Yo escuche como la nota de una guitarra que sonaba una nota de “do menor”, luego de un segundo mi mano izquierda me ardía. Mire mi mano y debajo de la palma, cerca de mi muñeca había un pequeño surco de color rojo. Luego el surco rojo se bañó de sangre, no sentía dolor alguno solo la sensación de calor que corría por mi mano. Yo había quedado como congelado, la sangre ya caía sobre mis pies. Entonces grite con toda mi fuerza “Papá”.
Enseguida el llego, me tomo la mano, me derramo agua de una cantimplora y me dijo, no es grave, pero mejor vamos al hospital. Pero antes anda allí y orínate la herida y luego tírate un puñado de tierra fresca en la herida. Te espero en el auto.
La operación de orinarme la mano fue disgustosa y fue entonces donde sentí el dolor, como si me quemaran la herida con un hierro incandescente. Luego me coloque la tierra y se me convirtió la mano en un ungüento de barro. Me cubrí la mano con una toalla y fuimos al hospital.
Lección número dos: Estar tranquilos, sabiendo que hacer.
Lo más interesante es que mi Padre estaba con una tranquilidad más que de costumbre. Íbamos en el Renault 4L a toda velocidad, pero él iba silbando la melodía de un tango. Cada 5 minutos inspeccionaba la herida, y luego de un poco, había dejado de sangrar. Me dolía la cabeza, tal vez por la desesperación. Llegamos al hospital de San Martín, la ciudad más cercana. Enseguida me atendieron y el médico de guardia pregunto ¿Qué era aquel barro en la herida?, mi Padre dijo con vos segura: orina y tierra. El medico lo observo por arriba de los anteojos y dijo: ¿Tiene la anti tetánica?, mi Padre: Si, claro. El medico: Bien hecho. Me limpiaron la herida, me colocaron 4 puntos una venda, y regresamos a casa.
Lección número tres: La naturaleza no perdona.
Ya estábamos de camino a casa, yo estaba más tranquilo, un poco adolorido. Fue cuando mi Padre me dijo: Viste lo que sucede cuando uno no presta atención. Eso no fue nada, pero te podría haber cortado las venas del pulso. Tienes que aprender una cosa. Aquí enuncio un dicho que para el tema, queda mejor, lo aprendí muchos años más tarde en Italia: “Dios perdona siempre; el hombre algunas veces; la naturaleza: jamás”.
Esta es una de las leyes no escritas en la cual caen muchísimas personas, tengo una lista de amigos de varios lugares, que hicieron omisión de esta ley, tal vez, siguiendo el impulso, el desafío, tal vez el ansia de querer lograr algo más allá o tal vez por desconocimiento. La naturaleza es bellísima y es bueno conocerla pero sobre todo antes es necesario conocer sus leyes eternas.
Llegamos a mi casa, mi Madre me vio bajar con la mano vendada y miro a mi Padre con aire de enojo, mi Padre devolvió la mirada mirando un poco hacia abajo diciendo con vos imperceptible: “No fue nada, ya se la va a pasar”.
Lección número cuatro: Todo lo que camina va a parar al asador.
Pasaron algunas semanas ya mi mano estaba sana y ahora en algunas labores importantes usaba algo que nunca creería de usar: “guantes de cuero”, un poco incómodos, pero muy seguros. Estaba haciendo un poso para coloca un poste, cuando veo que se acerca mi Padre y me pregunta ¿sabes qué día es hoy?, pensé un poco y dije: Creo que es domingo; “ansina es” me dijo, agarra la mochila del auto, vamos a ir al médano.
Los médanos, eran colinas de arena que hay en algunos campos, allí en mi tierra son de tipo semidesérticos, es decir muy secos, con poca vegetación y ésta es de arbustos muy duros y algunos espinosos, entre ellas: la acacia, jarilla, el retamo, espinillo, el chañar, la chilca y otro pocos más. La novedad es que no hay agua. Estas especies desérticas introducen sus raíces muy profundamente para hallar la humedad. Y la fauna, durante el día es muy escasa por el calor, prácticamente es inobservable, la gran mayoría de los animales viven bajo tierra y salen de noche.
¿Tienes hambre? , bueno si, yo siempre tenía hambre, pero me había acostumbrado a comer en los horarios prescriptos y esto no era un problema. Mirando el sol, tendría que ser medio día, por lo tanto, si, si tengo mucha hambre. Bueno, dice mi Padre, lo que cacemos, eso se come. Yo aprobé el reto; fue entonces cuando saque de la pequeña mochila, un par de hondas.
Estas eran mis preferidas, no hace ruido, a diferencia de un fusil, que con su estruendo se hace sentir a kilómetros de distancia. Y lo más genial es que las municiones de las hondas, son ilimitadas, se encuentran piedras en cualquier lugar, basta con elegir las más adecuadas.
Ya estábamos armados, solo había que encontrar la presa, y esto era lo más difícil, sobre todo tratándose de un desierto como ese. Allí adoptamos un juego que mi Padre me había enseñado de muy chico: “el juego del silencio”, con el había aprendido a escuchar, con profundidad todo mi entorno. Sabía distinguir el canto de un pájaro y sin verlo saber de qué especie era, al menos de los más comunes; otra cosa era de calcular a que distancia se encontraba. Si se había movido una rama de un árbol o si acerva algo caminando. Todas dotes que se aprenden de niño y que poco a poco educan el oído.
Seguíamos caminando si rumbo entre las dunas y los arbustos espinosos, ya hacía mucho calor; de repente nuestra atención se localizo en una forma más adelante nuestro. Es uno de los animales que al menos a mí, me trae más respeto e impresión: una serpiente. Estaba ondulando sobre la arena, moviéndose con una elegancia de un dragón, era grande de más de un metro, era un tipo de yarará, por su color intuí que era muy peligrosa, su veneno mortal para los humanos en menos de 4 horas.
Mi Padre se me acerco y me dijo al oído sonriendo: hoy comeremos víbora asada. Me dijo en dos palabras la táctica de caza. Tú, ve por delante de la víbora cuidando la distancia y apunta con tu honda a la cabeza. Yo me confié absolutamente a la táctica, camine unos metros hasta que el animal me olfateo, enseguida adopto con su cuerpo una forma de rollo, preparada para saltar. Yo la tenía a unos 5 metros de distancia bajo la mira de mi honda. Cuando la víbora estaba ya por dar el salto, mi Padre se le acerco desde atrás a menos de 2 metros y con un tiro preciso de su honda dio en la parte de atrás de la cabeza de la víbora, esta se retorció y quedo enrollada como en una pelota. Luego con los guantes de cuero y unas ramas desenroscamos la víbora y con un uno de los cuchillos mi Padre cortó unos 15 centímetros del animal de la cabeza hacia atrás y otros 15 centímetros de la cola hacia adelante; estas son las partes en donde se aloja el veneno. Luego de esto le sacamos el cuero, como si fuese un guante de goma, luego la limpiamos la lavamos con agua y ya estaba lista. Luego encendimos el fuego y con la ayuda de trozo de alambre que traía en la mochila la hicimos al espiedo. Su sabor era una mezcla entre pollo y pescado, muy sabrosa. Claro no calmo mi apetito que por ello termine con mi sándwich de jamón y queso que había llevado por seguridad. Aquí modifique el dicho argentino: “todo lo que camina va a parar al asador”, por “todo lo que camina o serpentea, va a parar al asador”.
Lección número cinco: El hombre que calculaba.
Ya la obra estaba en su etapa final, faltaban pocos días para concluirla. Era maravillosa, un alambrado de 1600 metros y en la forma que estaba realizada, duraría varias décadas. A la tarde después del almuerzo en el campo luego de realizar ya unos 100 metros de empalizada, me sentía ya todo un experto en el arte de supervivencia, el hachar madera dura y otras habilidades; fue entonces que fui y tome de mi mochila un libro para leer, se llamaba El hombre que calculaba. Era un volumen que había sacado de la biblioteca municipal de Junín.
Mi padre se acercó y me pregunto que leía, le dije el nombre del libro y el me miro con asombro y luego me pregunto: ¿Y que es lo que calcula?, respondí: sabes Papi que este libro fue escrito hace mucho tiempo, habla de un árabe que estando en medio oriente era muy famoso por los cálculos que él lograba hacer, dicen que fue uno de los grandes matemáticos y que dio las bases para la creación del Álgebra. Mi Padre, me miraba con sus ojos profundos, pero un poco confusos, sobre todo por la última palabra que dije “Álgebra”. Luego de un prolongado silencio que era difícil de estimar, me dijo: ¿Y vos sabes calcular?, bueno…, si en las matemáticas siempre he sido muy bueno en el colegio, no tanto en las otras materias pero en matemática sí. Entonces me tienes que responder a un cálculo de un problema que te voy hacer. Si, si claro, me gustó la idea así es que saque de mi mochila un cuaderno y un lápiz, pero mi Padre me dijo, no, sin papel y sin lápiz, lo tienes que hacer mentalmente. Yo acepte el reto y con atención escuche el planteo:
Un campesino fue al mercado para vender 3 bolsas de harina, de 6 kg cada una, y de 6 docenas de huevos. En la operación de descarga, una bolsa de harina cae sobre los huevos, y rompe la mitad. El precio de la harina a la venta es de 15 $ el kg y los huevos de 5 $ cada uno. De toda la mercadería pudo vender solo la mitad. ¿Cuánto dinero ha llevado a casa el campesino, teniendo cuenta que uno de los bolsillos estaba agujereado y perdió 35 $?
Hazlo mentalmente, no uses papel ni lápiz. El cálculo me llevo algunos días, cada tanto me acercaba a mi padre y le decía el resultado de mi cálculo, él se reía diciéndome: tantos años de escuela, y no has aprendido nada.
Lección número seis: Todo tiene su final, nada es perpetuo.
Llego con gran alegría, aquella tarde cuando concluimos el mastodóntico trabajo de hacer aquel alambrado, era perfecto, habíamos cortado, y trepanado más de 600 postes y todos estaban en fila con la altura exacta, ninguno sobresalía un centímetro uno de otro. Aquella tarea fue para mí, una gran experiencia, la de haber podido compartir tanto tiempo con mi Padre, en donde aprendí tantas cosas, sobre todo estas seis lecciones que luego me acompañaron a otras tierras, claro ya no más desiertos y víboras venenosas, pero siempre me mantuvieron la pasión de aprender, de observar, de escuchar y de respetar.
Cada tanto cuando me cuesta dormir, repaso mentalmente lo sucedido en aquel mercado, repaso mentalmente el cálculo, y que aún hoy siempre me da resultados diferentes. Y pienso en aquel campesino, que vendía harina y huevos en el mercado y me pregunto: ¿y si con los huevos rotos y la harina fuera de la bolsa, hubiese hecho una torta y la hubiese vendido?
A la memoria de mi Padre: Félix Domingo





Comentarios
Buen día Marcelo, asombrado por la narración de tu historia de chico con tu padre en el campo mendocino, me rei mucho en la parte de que tuviste que orinar tu mano para evitar cualquier problema con ella, que sabiduría tenía tu papá, y que bueno que lo hayas Guardado hasta hoy, y que lo cuentes para todos. Saludos desde la Argentina. LIONEL
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 17 agosto, 2020 at 5:16 pm
Gracias Lionel por tu comentario. Así es, algunas historias pasadas nos hacen reír y esto bueno. Lo mejor es poder compartirlas con los amigos, si no, quedan perdidas.
Hola Marcelo!!!
Me gusto mucho el articulo!!! Despues de leerlo me dio la impresion de haber conocido a tu papa!!
Esos 2 meses de duro trabajo con el, seguramente fueron determinantes en tu vida!!! Se ver relucir mucho en tu cotidiano!!!
Impresionante Marcelo!!!
Gracias abraxo!!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 17 agosto, 2020 at 5:18 pm
Gracias Mario por tu comentario. Así es, algunas historias contadas nos hacen conocer a personas que nunca vimos; esta es la magia de poder viajar en el tiempo.
Encantador relato Marcelo. ¡Muchas gracias!
Descubrí que tenemos algo más en común: yo también leí apasionadamente, varias veces, “El hombre que calculaba”.
¡Un fuerte abrazo!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 17 agosto, 2020 at 5:20 pm
Gracias Gabriel por tu comentario. Es verdad, el libro “El hombre que calculaba”, yo también lo pude leer varias veces, y siempre me atrae con su magia.
Hola Marcelo. Magnífico relato. Y tuviste el mejor Maestro; tu padre!! Disfruté mucho la narración… y me pareció muy loco de tu parte pensar que tendrías tiempo para leer un libro y escribir …jajajaja… Si tu padre enfrentaria una tarea titánica!! Cuando uno es joven tantas cosas no dimensiona… Pero que bueno que hayas compartido momentos tan especiales con él y aprendido de sus consejos que te servirían toda tu vida. Sobretodo el respeto hacia los demás, la humildad y lo agradecido que sos con la vida misma. Eso habla de alguien con un corazón inmenso. Que suerte tengo de que seas mi amigo!!!Un abrazo y cuidate mucho.!!!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 17 agosto, 2020 at 5:25 pm
Gracias Patricia por tu comentario. Si, es verdad, fue un gran maestro, del cual pude aprender mucho, como dicen ahora los más jóvenes: era mi “Mentor”. Pude descubrirlo después de mucho tiempo. Me ayudó mucho, las notas que guarde en un diario personal.
Hola Marcelo! Bellísima experiencia de vida, profunda, de un fruto tan grande, que el titulo del relato cae “como anillo al dedo”. Fascinante como emergía la sabiduría de tu padre y ahora me explico el origen por algunos momentos que he podido compartir contigo.
Las tres primeras lecciones son vitales, … pensaba querido Marcelo, -como en las leyes de la Física- se cumplen en todo tiempo y lugar, pues toda la vida he vivido en la ciudad y la vida nos enfrenta a conocer y cumplir éstas lecciones.
En mi formación académica, en cuanto a las matemáticas y física, no conocí el libro “El hombre que calculaba”, lo he comprado para disfrutar de su lectura y sintonizarme más con tu relato.
Gracias por lo que has compartido y recibe un gran abrazo!!!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 17 agosto, 2020 at 5:30 pm
Gracias Juan Carlos por tu comentario. Me da gusto que te haya gustado el relato. Cada uno de nosotros, somos aquello que hemos aprendido de chicos y de jóvenes con nuestros padres, es la herencia que nos plasma en el momento presente y nos ayuda a seguir por el camino de la vida haciendo otras experiencias siempre nuevas. Espero que te guste este buen libro, no te arrepentirás.
Que buena experiencia, y cuanta sabiduria y aprendizajes compartidos. Lo recuerdo con mucho cariño al Tio Domingo, besos primo!!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 24 septiembre, 2020 at 6:10 pm
Gracias Marilyn por ser una de las mejores lectoras.
Tu relato, me deja sin palabras.
La importancia de transmitir en cada cosa, el significado de la vida; y guardar honor siempre ante todo aquello que hacemos.
Què maravilloso poder leerte Marcelo, gracias!
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Marcelo D. Leppez Sanchez - 24 septiembre, 2020 at 6:09 pm
Gracias Marina !!!, me alegro mucho que te haya gustado.
Bella storia di vita vissuta, di ricordi indelebili,di esperienze che lasciano solchi nell’anima,di insegnamenti che fanno vita…
Grazie Marcelo